La magia... o casi
Os debo el final de la historia de Pepe. En el artículo anterior lo dejamos al teléfono, un martes a las nueve, con sus PDF sin abrirse. Ahora toca contar qué pasa hoy cuando llega esa llamada — y dónde se acaba la magia.
El martes por la mañana
Cuando me llama Pepe, abro una sesión de terminal sobre mi telar. Con Claude, con Codex, con Gemini — con lo que me parezca: no voy a hacer grandes investigaciones, voy a trabajar, y todos los modelos lo hacen bien, así que a veces depende sencillamente de lo que me quede en cada suscripción. La verdad es que normalmente trabajo con Claude, sobre todo cuando el trabajo es programación. Pero esa es la gracia: el telar no pregunta qué cerebro se ha sentado hoy al teclado.
Abro el telar y escribo una línea:
A Pepe no se le abren los PDF.
Y ya está. Pepe es una persona: la IA lo busca y lo encuentra. Su ficha dice a qué organización pertenece y qué recursos opera, lo que lleva a la IA a su ordenador. En la ficha del ordenador está cómo se llega a él — por un camino que no voy a detallar, que ya sabéis que aquí escribimos patrones y no planos — hasta el acceso que montamos en su día. Y mientras Pepe sigue mirando su correo, ajeno a todo, la IA está dentro, explorando los registros. Dos minutos después me dice:
«Adobe se ha colgado y Pepe ha seguido intentando abrir PDF varias veces sobre el proceso muerto. He parado el proceso colgado. Dile que lo intente de nuevo.»
Y yo le contesto: mándale tú el aviso. Entonces la IA lee la ficha de Pepe — en realidad ya la tiene en la cabeza —, coge su dirección, lee mis procedimientos de envío de correo y las reglas que los gobiernan, y le manda a Pepe un email en mi nombre: «Ya está arreglado, pruébalo por favor». Cierra el trabajo que había abierto, y en la bitácora deja escrito qué ha hecho, por qué, y cómo ha llegado hasta allí.
Y tú te quedas mirando la pantalla y pensando en lo que acaba de pasar: todo tu trabajo de la mañana ha sido escribir «a Pepe no se le abren los PDF, arréglalo y avísale». Cuarenta años para llegar a esa frase. La magia de la IA: tú se lo mandas, y ella lo hace, y lo hace muy bien.
Pero el título de este artículo no acaba en «magia».
El miércoles por la mañana
Al día siguiente suena el teléfono. Pepe.
— Joel, no se me abren los PDF.
Joder. Pero si eso lo arreglamos ayer.
Vuelta al telar: «a Pepe no se le abren los PDF». Y aquí la memoria hace su parte: la IA lee a Pepe, lee sus recursos, lee cómo llegar a su ordenador y lee el trabajo de ayer. No empieza de cero; sabe que esto ya pasó. Llega, mira, y me dice: «Adobe se ha colgado a las 9:15».
— ¿Hay algún motivo que lo explique?
— No encuentro ninguno.
— Busca actualizaciones recientes que puedan influir.
— No hay.
— Revisa si el equipo está actualizado y estable.
— Lo está.
Y ahí te quedas, mirando a la criatura más lista que ha construido la humanidad encogerse de hombros con toda la educación del mundo. El equipo está sano, los logs están limpios, y a Pepe no se le abren los PDF. ¿Por qué coño no se le abren los PDF a Pepe?
Llamo a Pepe y le receto el parche más viejo del oficio: es sobrecarga; cuando te pase, reinicia. Pepe no se queda muy convencido — hace bien —, pero reinicia, prueba y... le funciona.
El jueves por la mañana
Como no podía ser de otra manera, a las nueve de la mañana, el teléfono:
— Joel, yo no puedo estar reiniciando el ordenador cada dos por tres.
Y tiene toda la razón. Así que ese día dejo la IA a un lado y hago lo que hacíamos en 2015: reinicio su máquina, me conecto por escritorio remoto y le digo: a ver, Pepe, hazme el proceso que te deja colgado el Adobe. Pepe no entiende muy bien qué le pido, pero se dispone a abrir un PDF y —
Ahí está.
El PDF viene dentro de un ZIP, con dos PDF más, adjunto en un correo que le han enviado. Pepe hace doble clic sobre los tres, uno detrás de otro, sin esperar. Cuando abre varios a la vez... Adobe se cuelga.
Y eso no lo ve la IA. No porque sea tonta: porque no estaba mirando. Los logs cuentan el cadáver — «Adobe se colgó a las 9:15» — pero no cuentan las manos. Nadie registra en ningún fichero del sistema que Pepe abre tres PDF comprimidos a golpe de doble clic impaciente desde dentro de un correo. La IA lee todo lo que está escrito; lo que no se escribe en ningún sitio, no existe para ella.
La magia verdadera
¿Qué pasa exactamente ahí dentro? No lo sé, y voy a ser honesto: probablemente algún ZIP venga mal y Adobe se quede intentando abrirlo, o sea Windows, o el cliente de correo, o una DLL con mal despertar. La inteligencia humana tampoco lo sabe — tendría que estudiar mucho más y analizar durante muchas más horas de las que ese misterio merece. Pero hay una cosa que es magia verdadera, y no está en ningún datacenter: la intuición.
Es la intuición la que sabe que el problema está en los ZIP. Es la intuición la que le dice a Pepe que primero extraiga y después abra. Es la intuición la que le dice que no intente abrir tantos a la vez, para que los procesos de descompresión no se aturullen entre sí. Ninguna base técnica — cero papers, cero logs — solo cuarenta años de haber visto morir procesos por atragantón. Y de pronto ocurre el milagro de verdad: Pepe ya no llama al día siguiente.
Paula
La historia no termina con Pepe contento. Termina en el telar.
Porque mientras tanto yo he vuelto al trabajo abierto — «a Pepe no se le abren los PDF» — y he añadido lo que hice, lo que vi con mis ojos en su pantalla y lo que le receté: los ZIP, el extraer primero, el de uno en uno. El diagnóstico de la máquina y la corazonada del viejo, juntos en la misma bitácora, con fecha.
Y dentro de una semana llamará Paula diciendo que no se le abren los PDF. Y la IA leerá su ficha, llegará a su ordenador, y leerá también todo el proceso de Pepe — incluida la parte que ella no pudo ver y yo sí. Y entre los dos llegaremos a la solución en una fracción del tiempo.
Eso es el sistema, y por eso este artículo se llama como se llama. La magia de la IA es real: resuelve en dos minutos lo que antes costaba dos días. Pero es magia incompleta: ve los logs y no ve las manos, diagnostica cadáveres y no impaciencias. La intuición humana es la otra mitad del truco, y no se puede descargar. Lo único que se puede hacer con ella — y esto sí es nuevo — es escribirla donde la máquina la encuentre la próxima vez.
La IA pone la velocidad. El viejo pone la corazonada. El telar se encarga de que ninguna de las dos se pierda.
— un viejo programador · 64 años · rss