La hora de la verdad
Está muy bonito imaginarse sistemas. Diseñar tu framework, discutir ontologías con una máquina que razona, escribir artículos sobre grafos. Programar siempre ha tenido mucho de juego, y ahora más, con una IA que te quita las horas tediosas de escribir y probar código. Pero este oficio no se gana en el laboratorio. Se gana un martes a las nueve de la mañana, cuando suena el teléfono.
— Hola, Joel. No se me abren los PDF.
— Hola, Pepe. ¿No se te abren... de alguna carpeta? ¿Cuando te los bajas de internet? ¿Los del correo?
— No se me abren los PDF.
Todo el que haya hecho soporte conoce esta conversación. Puedes pasarte veinte minutos intentando acotar el problema con la mejor voluntad del mundo: Pepe solo sabe una cosa, y es que no se le abren los PDF. No es culpa de Pepe. Pepe tiene su negocio, sus clientes y su día; los PDF son cosa tuya. Para eso te llama.
La historia de este oficio — la de verdad, la que no sale en las charlas — es la historia de qué pasa después de esa llamada. Y da la casualidad de que yo la he vivido entera.
Años 80: la telefonista
En los años ochenta, Pepe no te llamaba a ti. Llamaba a la telefonista de tu oficina, que te dejaba el recado. Tú devolvías la llamada, Pepe estaba reunido, su secretaria te tomaba el recado a ti. Cuando por fin coincidíais, empezaba la parte buena: un par de horas al teléfono haciendo tú de manos y Pepe de pantalla.
— Escribe ce, dos puntos.
Y Pepe escribía «c..».
Después de aquella imposible comunicación operador-técnico, quedabas para ir a su oficina — cuando su agenda y la tuya lo permitiesen, o sea, días después. El problema, mientras tanto, seguía allí, criando.
Años 90 y 2000: el móvil
Llegaron los móviles y desapareció la telefonista. Ya no había recados cruzados ni persecuciones de días: Pepe te llamaba directamente al bolsillo, a cualquier hora, lo cual era un progreso y una condena a partes iguales. Pero el proceso terminaba igual: en la oficina de Pepe, en un par de días. Habíamos acelerado el principio de la historia; el final seguía siendo el mismo.
Los 2010: por fin, ver la pantalla
Las herramientas de conexión remota fueron la primera revolución de verdad. Por fin podías ver qué pasaba desde tu ordenador: mirar, probar, tocar. La mitad de los misterios se disolvían en diez minutos al ver con tus ojos lo que Pepe no sabía contarte.
Y para la otra mitad estaba el ritual antiguo del oficio: el formateo. Porque había problemas que nunca terminabas de entender por qué pasaban, pero que se curaban con un buen formateo y a empezar de cero. Eso sí: copias, formateo, programas, configuraciones, pruebas... un par de días con Pepe otra vez. La liturgia había cambiado; la penitencia, no tanto.
Y llegó la IA
Y entonces llegó la IA, con su inverosímil capacidad de leer e interpretar los registros de Windows. Donde tú veías veinte mil líneas de log, ella veía la frase: «ha pasado esto, por esto, y se puede arreglar así». La primera vez que lo vi hacer, entendí que el oficio acababa de cambiar más que en los cuarenta años anteriores juntos.
Pero claro: la IA tenía que saber cuál es el ordenador de Pepe. Y cómo se llega a él. Y cómo se entra. Y qué programa es el que da guerra, y desde cuándo, y qué se tocó la última vez. Todo eso se lo explicabas tú, cada vez, porque a la semana siguiente — otra llamada, otro misterio — la IA volvía a nacer sin recordar nada.
La solución evidente era apuntárselo. Y ahí empezó la enfermedad que todo veterano reconoce: la IA leía cada vez más ficheros y añadía más anotaciones en ellos; todo se llenó de recordatorios, readmes, notas sobre notas. Cada sesión arrancaba más lenta, costaba más llegar al ordenador de Pepe — en tiempo y en tokens, que son las nuevas horas facturables. Habíamos inventado la memoria de papel para una mente eléctrica, y la memoria de papel hace lo que ha hecho siempre: crecer, contradecirse y pudrirse.
Y una noche me hice la pregunta con la que empezó todo lo que cuento en este blog:
¿Cómo puede ser la herramienta más lista inventada por la humanidad... tan tonta?
No era tonta
La respuesta, ya la conté con detalle en el artículo del telar: no era tonta. Era brillante y amnésica, que es otra cosa. Y la amnesia no se cura con más notas: se cura con memoria de verdad — estructurada, consultable y podada.
Hoy el ordenador de Pepe es un nodo en el telar. Su ficha dice cómo se llega, cómo se entra y qué corre dentro. El arreglo de la última vez es un procedimiento con sus pasos y su verificación. La avería de hoy es un trabajo que se abre, se anota y se cierra con su resultado escrito. Cuando Pepe llama porque no se le abren los PDF, la IA no arranca de cero: consulta, llega, mira los logs, reconoce la trampa de la vez anterior — está escrita — y va al grano.
La conversación con Pepe sigue siendo la misma; esa no la va a cambiar ninguna tecnología, y casi me alegro. Lo que ha cambiado es todo lo demás: lo que antes era «quedamos el jueves en tu oficina» y luego fue «dame un par de horas y me conecto», hoy cabe muchas veces entre el café y la siguiente llamada.
La hora de la verdad
Cuarenta años median entre la telefonista y el telar. Cada salto de esta historia — el móvil, la conexión remota, la IA, la memoria — arregló el cuello de botella del salto anterior y descubrió el siguiente. El del móvil fue localizar a las personas. El de la conexión remota, ver la pantalla. El de la IA, entender los logs. Y el último cuello de botella, el que casi nadie mira porque no es vistoso, era este: que el que entiende los logs sepa dónde está el ordenador de Pepe sin que se lo cuenten cada semana.
Por eso desconfío de las arquitecturas que solo se han probado en demos. Los sistemas no se retratan cuando los diseñas, ilusionado, un domingo por la tarde. Se retratan un martes a las nueve de la mañana, con Pepe al teléfono y los PDF sin abrirse. Esa es la hora de la verdad, y lleva cuarenta años haciéndome la misma pregunta con distintos disfraces.
La diferencia es que ahora, por fin, hay alguien más en la sala que se acuerda de la respuesta.
— un viejo programador · 64 años · rss