¿Y sirve para programar?
En todo lo que llevo escrito sobre el telar he hablado de tareas: revisar el correo, vigilar una copia, auditar un servidor. Trabajo de oficina, el que se hace de ocho a tres. Y me he callado, no sé si por pudor, la mayor virtud del sistema — la que de verdad me devuelve al oficio. Sirve para programar.
Y cuando digo programar no me refiero a que la IA escupa un script de veinte líneas. Me refiero a levantar una aplicación entera — con su acceso, su alta, su baja, su edición, su listado — en horas. A veces en poco más que minutos. Suena a folleto de vendedor de humo, lo sé. No lo es, y voy a contar por qué.
El secreto no es la inteligencia artificial. El secreto es más viejo que ella: casi todas las aplicaciones de gestión son la misma aplicación. Un usuario entra con su clave. Ve un listado. Da de alta un registro. Lo edita. Lo borra, y el programa le pregunta si está seguro. Cambian los campos, cambia el nombre de la tabla, cambia el color del logo — el esqueleto es idéntico. Lo ha sido toda la vida. Ese esqueleto es mi framework: el acceso, el datagrid, el formulario, la consulta. Escrito una vez, repetido mil.
Lo único que no se repite es la cara. Y para la cara ya ni hace falta un diseñador: se la pides a una de esas herramientas que dibujan pantallas — un Claude que te maqueta la interfaz, un lienzo donde arrastras cajas, una plantilla comprada por veinte euros en un mercadillo de temas. Tienes el aspecto. Lo de debajo — que el botón guarde, que el listado pagine, que el borrado avise — es patrón. Se lo describes a la IA con el framework debajo, y lo teje.
Y aquí es donde el humo se disipa, para ser honesto. Porque la aplicación «terminada» en una tarde no está terminada: está en pie. Después vienen los días — sí, días, no minutos — de depuración. Pon este campo aquí. Quita ese botón de allí. Cuando el operador haga esto, responde así. Que este aviso no salte si el importe es cero. La programación de toda la vida, la que no ha cambiado en cuarenta años, la que nunca fue rápida ni lo será.
Y todo eso lo he hecho sin escribir una sola línea de código.
A un programador de mi generación eso debería dolerle. A mí no me duele. Me ha costado muchos años de oficio entenderlo, pero siempre lo había entendido: programar nunca fue escribir código.
Escribir código era la parte mecánica — la que hacíamos a mano porque no había otra. Mecanografía con reglas. Programar era otra cosa, y es la que sigue siendo mía: programar era controlar el flujo. El flujo del operador — qué ve, qué toca, qué pasa cuando se equivoca, y se equivoca siempre. El flujo de los datos — de dónde vienen, dónde se guardan, quién puede tocarlos y quién no. El flujo de la lógica — qué ocurre antes de qué, qué condición manda sobre qué otra. Eso es programar. Lo demás es teclear.
La IA teclea como nadie. En el lenguaje que le pidas, sin faltas, sin cansarse, a cualquier hora. Pero no entiende los flujos. No sabe que ese operador, el de carne y hueso, el que se sienta a las ocho de la mañana, va a pulsar el botón dos veces porque siempre lo pulsa dos veces. No sabe que ese registro no se puede borrar aunque el formulario deje. No sabe que esa validación, impecable sobre el papel, va a dejar fuera justo al único caso que importaba. Eso lo sé yo. Y por eso la aplicación la programo yo — aunque no escriba el código.
El framework pone el esqueleto. La IA pone los músculos. El diseño pone la cara. Pero el sistema nervioso — el flujo — lo sigue poniendo el viejo programador. Esa es, por ahora, la línea que la máquina no cruza.
Escribir código ha dejado de ser mi oficio. Controlar el flujo, no. Y sospecho que no lo será en lo que me queda de carrera.
— un viejo programador · 64 años · rss